3) Mi Calle
- 28 feb 2017
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Solía jugar en frente de mi casa, corría con mis amigos por toda la cuadra, convertíamos la calle en estadios de fútbol, en autodromos, pistas de ciclismo o patinaje, y hasta en trincheras de guerra. Los minutos eran eternos mientras esperaba que fueran las dos de la tarde, hora en que nuestros padres nos dejaban salir a jugar, solo si habíamos cumplido con nuestros deberes estudiantiles.
Para reunir a todos los chicos posibles solíamos silbar, éramos alrededor de seis u ocho, a veces más a veces menos, nadie quería ir casa por casa llamando a cada uno o pidiendo permiso a los padres para que dejaran salir a jugar a sus hijos, por esto teníamos hasta una clave al silbar. Nos reuníamos frente a mi casa y emprendíamos largos viajes de adrenalina, aventura, diversión, y en algunos casos miedo, frustración o llanto.
Uno de mis juegos favoritos era policías y ladrones, no el que comúnmente jugó la gente de mi época, nosotros íbamos un poco más allá en cada juego, y para éste teníamos pistolas que disparaban balines plásticos, (qué duro que pegaban esas bolitas de color rosa), pasábamos horas haciendo mantenimiento a nuestras armas, eligiendo la ropa que más nos protegiera de los “balazos”, y organizando estrategias de ataque. Creo que mi bando era el bueno, pues siempre salíamos en defensa de alguien, o así fue como empezó todo.
Angie, era la niña más hermosa que había visto, su cabello largo y lacio, castaño oscuro, ojos grandes color marrón, era más alta que yo, pero no me importaba. La veía cuando venía a visitar a su familia, normalmente lo hacía por largos periodos de tiempo, solíamos patinar casi todos los días por largas horas, también le gustaba unirse a nuestros juegos, ella no tenía problema alguno. Un día mientras montábamos en bicicleta, su primo que trabajaba en el garaje de la casa, reparando motos antiguas y su grupo de amigos la secuestraron, diciéndole que no podía jugar con nosotros, intentamos rescatarla pero nada de lo que hacíamos tenía un resultado positivo, pues sus raptores eran alrededor de diez años mayores que nosotros, excepto Jaime un mecánico que tenía su taller enfrente del taller de motos, él era mucho mayor alrededor de unos cuarenta y tantos, pero era muy jovial. Recuerdo que para rescatar a Angie de sus raptores mi primo sacó su pistola de balines y apuntó exigiendo que la liberaran. No recuerdo en qué momento él ya no tenía la pistola, solo corríamos porque ellos nos disparaban con ella y Angie seguía presa.
Todos corrimos a nuestras casas en busca de las pistolas, teníamos que hacerlo rápido y sin que nadie se diera cuenta, pues no sabíamos de que eran capaces los secuestradores y además nuestras mamás no sabían que habíamos ahorrado el dinero que nos daban para comprar alimentos en el colegio, para comprar las pistolas. Rápidamente planeamos nuestra estrategia y fuimos al rescate, empezamos a disparar, y a acercarnos lentamente, el primo de Angie parecía confiado, pues no mostraba miedo alguno, él era quien la tenía sujeta por un brazo, no le disparábamos por miedo de herirla a ella, pero cuando logramos acercarnos él sacó una pistola mucho más grande de color negro y mango café, nuestras pistolas parecían “juguetes” al lado de ésta. Empezó a dispararnos y esta arma efectivamente era más poderosa que las nuestras, en medio del fuego cruzado, Angie logró escapar pero nosotros estábamos lastimados y asombrados de ver el arma que él tenía. Desde ese día empezaron las batallas.
Luchábamos con miedo, pero siempre luchábamos, hacíamos emboscadas y otras veces solo corríamos gritando, dejando que la adrenalina corriera por nuestro cuerpo, después de las batallas recogíamos las municiones (balines de plástico color rosa) que quedaban en el suelo para usarlos al día siguiente o cuando se presentara la oportunidad.
Creo que éste fue el último juego en el que participamos todos, pues poco a poco empezamos a crecer y ver cómo el tiempo se acortaba, los minutos que eran eternos dejaron de ser suficientes en el día, los gritos de alegría y las sonrisas interminables dejaron de ser tan frecuentes y dejamos de enamorarnos de las miradas inocentes que solían sonrojar nuestras mejillas.



















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